Una buena presentación, seduce. Un buen ponente, también. Y una de las formas de seducir que más conectan emocionalmente con la audiencia es la imperfección del propio orador. Mostrarse más humano (e imperfecto) conseguirá un efecto similar al de muchas grandes producciones de Hollywood.

La perfección no existe. Y reconocer nuestras propias imperfecciones, nuestras taras, es una forma excelente de mostrarnos humanos. A la audiencia le gusta sentirse identificada con quien ve en el escenario, y esa identificación se produce de forma mucho más natural cuando el ponente se muestra humano, y por tanto, imperfecto.

Es un recurso que usan muchas grandes historias del cine y de la literatura, y una etapa casi inexcusable del ‘viaje del héroe’: alguien imperfecto, con sus defectos y sus conflictos, que se enfrenta a una situación extraordinaria que, las más de las veces, supondrá ‘salvar al mundo tal y como lo conocemos’.

Ya sabéis cuánto me gusta ‘The Matrix’ (la primera, por supuesto) y eso ni más ni menos es lo que es el protagonista: imperfecto. Neo no es un héroe, ni tiene éxito, ni triunfa en su entorno; de hecho, es un tipo con serios problemas sociales y laborales, que prácticamente no sale de su casa, y que vive obsesionado con una extraña leyenda urbana. Pues bien, ese tipo tendrá que salvar el mundo y vencer al reino de las máquinas. Pasa también en ‘El Señor de los Anillos’: un Hobbit (criaturas miedosas, pequeñas y no precisamente amantes de la aventura) se verá obligado a arriesgar su vida para salvar a la Tierra Media de las garras del mal.

Esa misma idea, salvando las distancias, es el que utilicé en la conferencia de presentación de mi libro:

Quería contar algo que, si bien es cierto, no era fácil de dar a entender: que la falta de habilidades o conocimientos, por sí misma, no representa un problema. Nada mejor que poner un ejemplo para mostrarlo. Podría haber puesto otros, pero puestos a mostrar, decidí ponerme a mí mismo como ejemplo, a partir de una de mis carencias. Mostrarme imperfecto (no saber nadar, o hacerlo fatal en mi caso) provocó la empatía del público. No porque ellos no sepan nadar, o lo hagan fatal, sino porque pudieron identificar ese hecho con sus propias vidas: todos conocemos perfectamente la sensación de intentar hacer algo que no se dos da bien.

Y eso me llevó a lo que realmente quería exponer: ‘No saber hablar en público no es un problema… Hasta que lo necesitas.’ O dicho de otro modo: ‘Si has de hablar en público, y no sabes, tienes un problema.’

Además, el ejemplo sirvió para provocar algunas risas, y eso siempre es una buena idea en una presentación.

Por si te lo planteas, si: este va a ser el primero de unos cuantos artículos en los que compartiré el contenido de esa presentación. En ellos os iré desvelando algún pequeño secretillo de los que uso para preparar mis presentaciones. Pero esta vez, a partir de ejemplos concretos, cosa que creo enriquecerá bastante los contenidos. ¡Espero que os gusten!

Casi me olvido: Aquí tienes el enlace (por si te interesa el libro).

¡Muy pronto, también en versión .pdf!

'A más ver...'

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