Ya os he hablado de él en alguna ocasión: veamos en qué consiste con un poco más de detalle. Hace unas semanas te hablé de la importancia de trasladar a nuestra audiencia un mensaje inequívoco. Un mensaje que fuera exactamente lo que queremos decir.

El modo escenario. Imagen propia.

Pues bien, en ese contexto es donde el modo escenario cobra sentido.

EL MODO ESCENARIO

Todos nos comportamos de formas distintas en diferentes situaciones. En el trabajo, con la familia, en el ascensor… Pues bien, el modo escenario es la forma en que te propongo que te comportes en una presentación. Y lo defino como el uso consciente y deliberado de nuestras herramientas expresivas.

Para desarrollarlo adecuadamente, necesitamos tanto ser conscientes de esas herramientas, como una voluntad clara de usarlas para llegar a nuestra audiencia.

TU HERRAMIENTA EN ESCENA

Como he mencionado en otros artículos, sin orador no hay presentación; de la misma manera que no hay representación teatral sin actores. Eso nos convierte en la herramienta fundamental de la presentación. Podemos usar otros muchos recursos (soporte gráfico, vídeos, imágenes u otros elementos…), pero la pieza básica e imprescindible somos nosotros.

Normalmente se tiende a dividir esta herramienta en dos componentes fundamentales: la voz y el cuerpo. Encontramos técnicas específicas para trabajar cada uno; y hay ponentes que pueden dominar la técnica vocal, y no la corporal, y viceversa.

No obstante, si os fijáis bien, en la definición de modo escenario no hablo en absoluto ni de la voz ni del cuerpo. Hablo de conciencia y de voluntad. Es decir, del tercer elemento fundamental de nosotros mismos: nuestra mente. La que gobierna ambos, para bien… o para mal.

Herramienta... ¿Yo? Foto: Iris Scherer.

CONCIENCIA DE TUS ELEMENTOS EXPRESIVOS

El conocimiento de estos elementos es lo que te ayudará a dominarlos… O, mejor dicho, gobernarlos.

Nuestra voz y nuestro cuerpo exportan una imagen de nosotros. Estamos acostumbrados a gobernarlos en nuestra vida cotidiana. Y en nuestro día a día, no nos supone ningún problema expresarnos de forma natural, creíble y coherente. No obstante, cuando subimos a un escenario empiezan a desobedecer. Por mucho que intentemos evitarlo las manos sudan, la boca se seca, caminamos de forma extraña o nuestro volumen se torna inaudible. Y nadie se comporta así en escena de forma deliberada. Nadie lo hace a posta. Todos queremos que se nos oiga, y todos queremos movernos con naturalidad (¡y, a ser posible, con elegancia!). ¿Qué diablos pasa?

Subirse a un escenario es una situación poco habitual, y muy estresante –de hecho, la falta de hábito la vuelve más estresante aún-. Y si no tenemos conciencia de nuestra voz y de nuestro cuerpo, éstos tenderán a comportarse de acuerdo a la realidad del momento: es decir, tenderán a mostrar todo ese estrés.

Todos los comportamientos extraños en un escenario no son más que eso: intentos infructuosos de dominar el estrés. Por eso nos movemos sin sentido, y por eso hablamos atropelladamente.

La única forma de evitar todo ese movimiento involuntario es la conciencia de nuestra voz y de nuestro cuerpo. Ser conscientes de lo que pasa con uno o con otro hará que cuando estemos empezando a usar muletillas, o hablando de forma demasiado monótona, nos demos cuenta y lo corrijamos. Del mismo modo ocurrirá cuando estemos mirando con insistencia nuestros zapatos, o bailando nuestra presentación sin darnos cuenta.

USO DELIBERADO DE TU VOZ Y DE TU CUERPO

Presentación del blog. ¿Quieres ver un ejemplo?

Si corregir todo ese movimiento involuntario es deseable, hay algo que lo será aún más: que no se produzca. Y eso sucede cuando conducimos nosotros.

La conciencia de nuestra voz y de nuestro cuerpo, y el dominio de esos indicadores de estrés, será mucho más profundo cuando todo esté gobernado por nuestra determinación. Por nuestras ganas de llegar a nuestra audiencia. Es entonces cuando nuestra conciencia no sólo está para proyectar una imagen más profesional de nosotros mismos, sino para cumplir nuestros objetivos.

Imagínate que vas a expresar una idea clave de tu discurso: haces una pausa, tomas aire, te diriges con calma al centro del escenario, miras con aplomo a tu audiencia, y ralentizas el ritmo para decir: “Este es el mejor coche del mercado.”

A eso es a lo que yo llamo conducir: usar deliberadamente nuestra voz y nuestro cuerpo para expresar lo que quiero de la forma que quiero. La conciencia de estos elementos, no sólo para evitar los signos de estrés, sino para usarlos en beneficio de nuestro mensaje y de nuestros objetivos.

La conciencia de nuestros recursos expresivos, y su uso deliberado es la forma más efectiva de conseguir lo que queremos. Y eso, y no otra cosa, es lo que os propongo con este método, y con el modo escenario.

“A más ver…”

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