Uno de los momentos más delicados (y más temidos) es el de la crítica. Una presentación es una situación en que nos exponemos, y en la que con frecuencia nos jugamos mucho… Y la opinión de los demás no sólo importa: a veces es fundamental.

No siempre las oímos, y no siempre estamos presentes cuando suceden. De hecho, es más que probable que la gente aproveche para criticar nuestra intervención cuando no estemos. No obstante, siempre está: la crítica es uno de los deportes favoritos de este país, y tu presentación no es una excepción. De forma que lo mejor es, de entrada, asumirlas. Y, en la medida de lo posible, dejar de temerlas.

No obstante, hay un momento en que debemos estar especialmente atentos a las críticas: el momento de la presentación. No quiero decir que la audiencia vaya a saltar al escenario a interrumpirte (si eso pasa, te invito a valorar si el sitio donde la estás haciendo es el más adecuado, y a priorizar tu integridad física). Lo que quiero decir es que en escena debes prescindir de uno de los críticos más duros e hirientes, y sin duda el menos oportuno: tú mismo.

Juzgarte a ti mismo y a tu presentación en esos momentos es un terreno más que resbaladizo: ‘no se entiende’, ‘no les gusta’, ‘he empezado mal’, ‘se está haciendo eterna’, ‘esta foto es mala’, ‘no van a comprar’, ‘me van a despedir’ y todas las que se te puedan ocurrir… Intentar juzgar tu presentación, o tu forma de hacerla, cuando estás en plena faena es altamente perjudicial para la salud. En esos momentos sólo debes estar pendiente de la comunicación, de llegar a quien te escucha, y no de juzgarte o de juzgar el material.

Para eso hay otro momento: la preparación. Es en tus ensayos o cuando estructures el material cuando  debes preguntarte todo eso: y ahí es donde debes evaluar todas esas variables. Pero cuando estás ‘en acción’, lo único que debe ocupar tu espacio mental es la idea que expones, y la forma más adecuada de exponerla.

Visto ya el peor crítico de todos: ¿qué hacemos con el resto?

Escucharlos, por supuesto. A todos. Incluso cuando no nos guste; y aún diría más, debemos buscar las críticas. ¿Ser masoquistas? En absoluto, pero sí buscar las críticas que realmente lo sean ( y de las críticas positivas, poco vamos a aprender). Tener la referencia de personas que nos conozcan, que sepan hasta dónde podemos llegar y que nos lo digan abiertamente. Para ello, lo más importante a tener en cuenta es si HEMOS SOLICITADO LA CRÍTICA O NO. En este país (y en muchos otros, imagino) nos encontraremos infinidad de personas que van a darnos su opinión, se la pidamos o no; pues bien, a todos esos (la gran mayoría) hay que hacerles el caso imprescindible. Escúchalos (no seas maleducado), pero pon sus opiniones en la bandeja de ‘correo no deseado’. Haz caso sólo de tus personas de referencia, bien porque sean de confianza, bien porque formen parte de tu equipo o empresa.

El resto son un mal menor, que tendrás que aprender a soportar. Opiniones muy diversas, algunas con cierto criterio, pero la mayoría carentes de él. Hacerles caso puede meterte en un lío de considerables proporciones, ya que serán las más de las veces contradictorias.

Por último, sólo una idea más sobre las críticas. Hay una que nunca debes permitirte: la falta de ganas. Podemos perdonárselo todo a un ponente, excepto que nos sirva su presentación sin ganas, o como si el escenario (y el tiempo que nos dedica) fuera el último sitio en el que quiere estar.

Por tanto, no dejes nunca que eso falle. Sal motivado. Con ganas. Siempre.

¿Y tú? ¿Tienes referencias de personas de confianza?

¿Cómo enfocas las críticas? ¿Qué haces para sobrellevarlas? 

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