El conocimiento no siempre es una ventaja. No quiero decir con eso que la ignorancia sea una bendición, pero sí que hay ocasiones en que ser un experto puede ser un problema. Una de esas ocasiones es tu próxima presentación.

Pasa muchas, muchas veces.

Una presentación en público que, a priori, parece interesante, se convierte en un auténtico tostón. Hay muchos motivos que pueden llevar a que eso ocurra, y uno de los más importantes (por el error de planteamiento que supone) es que el ponente quiera mostrarse como un erudito. Que se ocupe más de enseñar todo lo que sabe, que de conectar con quien le escucha. Y no, querid@ amig@, una presentación no va de eso.

Una presentación va de hacer parte de tus conocimientos comprensibles, entretenidos y digeribles para tu audiencia. Y eso quiere decir pensar más en ellos (y menos en nosotros), y dejar buena parte de todo lo que sabemos a un lado.

Aunque el deseo de mostrarse un experto no es el único riesgo al que nos exponemos:

LA PESADILLA DE SABER DEMASIADO

Uno de los problemas del conocimiento es lo que el conocimiento nos permite.

Posiblemente puedas hablar durante horas sobre tu proyecto, producto, servicio o estrategia, y eso no es necesariamente bueno. Y mucho menos en el caso de una presentación en público. Hablar durante horas no es el objetivo, e irte por las ramas aún menos. Descubrirás que en cualquier punto de tu presentación puedes incluir más datos o más ideas; y que esos datos pueden llevarte a muchos datos más. Pero te aconsejo que no caigas en la tentación. Corres el riesgo de que el interés decaiga a marchas forzadas, y acabar hablando sólo para ti.

Piénsalo: ¿has trabajado el guion, preparado los visuales, memorizado y ensayado para luego empezar a divagar? Yo creo que no. Tu trabajo es la mejor versión posible de la información que quieres compartir, y debes respetarlo… ¡Porque para eso lo has hecho!

Debes hacer tus contenidos comprensibles, entretenidos y digeribles... ¡Para ellos!

Debes hacer tus contenidos comprensibles, entretenidos y digeribles... ¡Para ellos!

Además, eso de ponerse a improvisar tiene muchos más riesgos de los que debemos asumir. Primero porque, como reza la máxima:

‘la mejor forma de improvisar es no tener que hacerlo’.

Segundo, porque después de la ‘improvisación’ deberías poder volver a encauzar el tema (y eso no es tan fácil como parece); y tercero por el tiempo: ¿conoces la sensación de haber excedido el tiempo asignado sin haber llegado a las conclusiones? No te la recomiendo en absoluto.

Por todos esos motivos, a irse por las ramas y a improvisar sin ninguna necesidad yo lo llamo ‘empantanarse’. Encontrarse perdido en medio de una situación desorganizada, sabiendo positivamente lo que está pasando y sin saber cómo salir. La sensación de impotencia y de desconcierto es mayúscula; y lo peor de todo es que no la ha provocado nadie… Salvo tú mismo.

Los actores no salimos a hacer un Shakespeare con la idea de improvisar, o de irnos por las ramas. No hacemos las escenas diciendo lo primero que se nos pasa por la cabeza (por espontáneas que suenen nuestras palabras). Salimos a representar personajes determinados en obras determinadas. Con recorridos claros y finales definidos. Así servimos las historias a nuestro público. Y así debes comportarte tú también en tu próxima presentación: respetando a la audiencia y respetando también tu preparación.

'A más ver...'

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