Leyendo estos días “La Biblia Del Lenguaje Corporal”, de la “gurú internacional del lenguaje corporal” (así reza la contraportada) Judi James, he tenido un pequeño-gran shock. Y es que resume de forma magnífica el gran problema de las presentaciones. El libro es entretenido, rico y muy recomendable. James hace gala de ese fino humor inglés que tanto disfruto, habla sin pelos en la lengua y conoce a fondo el tema que trata. Sin ninguna duda.

Y entre ese humor, y la más cruda realidad, nos recuerda 3 puntos “clave” en el mundo de las presentaciones de negocios:

  1. A nadie le gusta darlas.
  2. Todo el mundo detesta escucharlas.
  3. Si aún no has dado ninguna, es muy probable que pronto te toque hacerlo, así que prepárate mientras puedas.

    Portada del libro

Y sí, confieso que me ha dado la risa incluso al transcribirlo. Se puede decir más alto, pero no más claro. Y lo cierto es que retrata de forma bastante fiel la inmensa mayoría de las presentaciones a las que nos vemos obligados a asistir. Si no fuera cierto, no sería ni la mitad de divertido. Por suerte, ella misma confiesa a renglón seguido que:

“Lo que hay que recordar de las presentaciones de negocios es que pueden inspirar, motivar, entretener y llenar de energía al público de un modo incomparable con otra forma de comunicación.”

Thank you, miss James!!!

Si lo anterior era cierto, esto lo es aún más.

Entonces, ¿qué diablos pasa? ¿por qué seguimos perdiendo oportunidades en nuestras presentaciones? ¿por qué nos negamos a inspirar, motivar y entretener a quien nos escucha? Y, aún más importante, ¿lo hacemos conscientemente?

TRAMPAS AL SOLITARIO

Si sabemos lo importantes que pueden llegar a ser, y seguimos haciendo presentaciones lamentables, algo no ajusta. Porque no me acabo de creer que vayamos por la vida perdiendo oportunidades a conciencia teniendo en cuenta como está el panorama. La clave, desde mi punto de vista, está en la primera frase de este párrafo:

  • Repite conmigo: mi presentación importa.

A veces nos resulta más cómodo relativizar las cosas que asumir su verdadera importancia. (“Sólo es una presentación”). Y digo bien, porque eso resulta cómodo: ¡nos ahorra un montón de trabajo! ¡Hacer una buena presentación es un currazo! Preparar los contenidos, darles forma interesante, estructurarlos, buscar ejemplos, material gráfico, dar con un buen comienzo, con un buen final, memorizar, ensayar, retocar, volver a ensayar… Es preferible hacer la presentación de siempre, y ahorrarnos todo eso. (“Sólo es una presentación”).

Una buena presentación no sólo va a garantizar que se venda tu idea, producto o servicio. Una buena presentación te vende a ti por encima de todo. Dejar indiferente al público es algo que hace la mayoría de oradores. ¿Te imaginas todo lo que puede aportarte salir de la estadística? ¿Las ofertas que podrías recibir? ¿Las colaboraciones que puedes conseguir? ¿Asociaciones? ¿Contratos? ¿Sinergias?

  • Presentaciones lamentables.

Tienes toda la razón si piensas que sólo hay un Steve Jobs, o un Obama, o un Emilio Duró (por decir alguno). Hay personas extraordinariamente dotadas para la comunicación, y para la comunicación en público. Como las hay para el atletismo, o para el ajedrez.

¿Y...?

No es necesario ser el mejor orador del momento para hacer una buena presentación. Una buena presentación, una presentación que motive, inspire y entretenga está al alcance de la inmensa mayoría de nosotros. Y de ti, por supuesto, también.

Pero, querid@ amig@, eso implica salir de la tradición. No sólo de la tradición en cuanto a la forma (el PowerPoint de siempre, contado de la forma de siempre, al público aburrido como siempre). Además, hacer una de las buenas implica salir de nuestra zona de confort, y entrar en terrenos de riesgo: comunicarnos de forma diferente, inspirar o emocionar a los demás, expresar nuestros puntos de vista, contarles una historia personal… Uy, uy, uy…

Una buena presentación no es una cuestión de magia, ni algo reservado a unos pocos privilegiados.

Es una cuestión de esfuerzo, voluntad y compromiso. Te aseguro que hubo un día en que tu orador favorito no tenía de idea de qué decir ni cómo moverse en un escenario. La única diferencia entre él y tú es que, en un momento determinado de su vida, él descubrió el potencial de la oratoria, y decidió dedicar tiempo a explorarla (y explotarla).

¿Qué tal si le hacemos caso a Judi James, y nos preparamos mientras haya oportunidad?

“A más ver…”

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