¿Qué sensación nos embarga cuando vemos a un gran orador? Nos cautiva. Nos admira. Nos entusiasma. Nos inspira… ¿Es todo eso cuestión de magia? No… pero sí. Menuda respuesta, ¿verdad? Si es que cuando me pongo...

Los habituales ya sabéis que me gusta ir a la base de las cosas. Buscar la simplicidad. Por eso me encantan las definiciones:

magia.(Del lat. magīa, y este del gr. μαγεία).

  1.  f. Arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales.
  2. f. Encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo.

La segunda acepción es a la que me refiero, por supuesto. Y esa magia, esa fascinación, no sólo afecta al público. Como oradores, también sentimos algo especial y magnífico. Tiene que ver con la comunicación, por supuesto. También con la influencia y con el poder. Pero sobre todo tiene una enorme dosis de generosidad.

He vivido momentos mágicos en un teatro. Algunos viendo a algún ilustre colega, y unos pocos estando en escena. Sí, sólo unos pocos a pesar de llevar en esto casi 20 años. El silencio es similar al que experimentas en la cima de una montaña, pero más intenso. Expectante. En ese espacio de tiempo y en ese lugar no existen nada más que tu emoción. Tus palabras. Y una certeza: el público sigue cada pausa, cada mirada, cada gesto como si les fuera la vida en ello. Eres el maestro de ceremonias en un acto vibrante y conmovedor. Único. Imborrable.

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 MAGIA EN ESCENA

Esa magia también se produce en las presentaciones, por supuesto. Y también afecta a algún orador afortunado… Y preparado.

La preparación concienzuda es la condición necesaria para que esa magia se produzca. No es condición suficiente, pero sí necesaria. La mejor comparación que se me ocurre es la de la lotería. Para que te toque necesitas -sí o sí- jugar al menos un número, ¿verdad? Si no compras al menos ése, te garantizo que no te va a tocar. Pues con los momentos de magia en el escenario pasa exactamente lo mismo: si tu preparación no es sólida, puedes estar seguro de que no se van a producir.

Y, por todo ello, es por lo que me gusta hablar de:

GENEROSIDAD

Notarás sus efectos muy pronto, ya que es más usual que  la magia de la que hablaba al principio.

Un día, espero que próximo en el tiempo, harás una buena presentación. Quizás no sientas esa magia, ni todas esas sensaciones irrepetibles. Pero sí sentirás una firme conexión con el público, y la estupenda sensación de que te siguen y de que estás convenciendo. Pues bien, en ese momento te darás cuenta de que no son tan importantes tus objetivos, ni el modo escenario, ni la present-acción, ni tu cuerpo, ni tu voz, ni la conexión emocional. No importará lo que cobres (en caso de que lo hagas). En esos momentos te sentirás generoso. Estarás compartiendo algo de valor con tu público. Les estarás abriendo los ojos sobre algo importante para ti, que también lo será para ellos. Cosas que tienen delante de sus narices y que no se atreven a mirar. O cosas no tan obvias, pero que deberían conocer. Y, por último, y no menos importante, estarás siendo eficaz en uno de los retos más complejos a los que vas a enfrentarte: compartir en público tus ideas. Sentirás la íntima satisfacción de haber logrado una gran meta.

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Hace siete meses arrancó este blog con el objetivo de mejorar una triste realidad: que somos un país que suspende en oratoria. Y esa realidad, no nos engañemos, sigue existiendo. Pero, como os decía en el primer artículo, los sueños deben ser hermosos… Y en el camino estamos.

Vuelvo en septiembre para seguir la tarea, para seguir escribiendo, para recibir vuestro feed-back (bueno o malo), y para seguir contribuyendo a haceros conseguir esos momentos de magia y de íntima satisfacción.

Y sí, los vídeos son un regalo de fin de curso… ¡Tomaos unos minutos, y disfrutadlos!

“A más ver…”

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