Tercer artículo dedicado a las características comunes de la oratoria y la práctica teatral. Conocer esos puntos básicos, nos ayudará a conocer las bases del método que os propongo. Vamos con algo que me dejé en el tintero –con toda la intención- en el post anterior: OBVIEDAD N.3.- ACTORES Y ORADORES TIENEN EL MISMO OBJETIVO

Michael Caine, creíble en cualquier proyecto. Fuente: Wikipedia.

Un objetivo simple y complejo, concreto y abstracto a la vez.

Ese objetivo no es otro que SER CREIBLES.

Por supuesto que cada vez que hablamos en público tenemos un objetivo distinto: la presentación de un producto y una reunión de inversores; una clase en la universidad y una ponencia en un congreso tendrán mensajes diferentes y distintos objetivos. No obstante, el objetivo común a todas ellas es ser creíble. Si no lo conseguimos, ni nuestro producto ni nuestro proyecto empresarial lo van a ser. Y tampoco lo serán el objeto de nuestra clase, o de nuestra ponencia.

El paralelismo es perfectamente válido cuando hablamos de un actor. Con cada nuevo proyecto, un actor se enfrenta a un personaje distinto: Hamlet, Lady Macbeth, Ricardo III, Julieta… Cada uno con sus características, y sus propios objetivos. Pero el objetivo común a todos los proyectos de un actor es ser creíble. Si no lo es, el personaje no va a serlo. Y posiblemente peligre su próximo proyecto profesional. Así de simple (y así de crudo).

 ¿QUÉ NOS HACE SER CREÍBLES?

Veamos un par de definiciones de creíble y credibilidad para aclarar términos. Según la RAE, es creíble aquello que puede o merece ser creído. Y según Wikipedia la credibilidad se compone de dos dimensiones principales: confianza y grado de conocimiento. Vemos, pues, dos características de la credibilidad, de lo creíble: la objetiva (algo que puede ser creído –RAE-, o que entra dentro de la dimensión del conocimiento, -Wikipedia-) y la subjetiva (merece ser creído –RAE-, y la dimensión de la confianza –Wikipedia-). En otras palabras, creemos algo tanto por ese componente objetivo, demostrable, como por la confianza que inspire la fuente.

Este pequeño análisis, nos da dos escenarios en los que trabajar, dos campos en los que se va a dar el partido de nuestra presentación:

  • 1.    EL MENSAJE.-

Su construcción. Datos, ejemplos, citas, estructura, imágenes, multimedia, demos… Todo al servicio de elaborar un mensaje cierto y fiable. No basta con decir algo, debemos apoyarlo desde todos los puntos de vista posibles (o interesantes para nuestra audiencia). Eso no sólo nos dará credibilidad, sino diferentes formas de exponer nuestro mensaje y hacerlo más atractivo.

  • 2.    LA FUENTE.-

Sí, querid@ amig@, esa fuente eres tú. Por mucho que uses otras fuentes para sustentar tus ideas, tú eres el emisor en tu presentación. Y como fuente, como emisor de tu mensaje, has de ser también creíble. ¿Ves como es normal que estés nervioso antes de empezar?

 CREDIBILIDAD DEL ORADOR

Barak Obama. Uno de los oradores más creíbles de la actualidad. Fuente: Wikipedia

Hay autores que identifican la credibilidad del orador con la credibilidad de su currículum, pero sólo estoy de acuerdo con eso en parte. Si nuestra credibilidad personal sólo se basara en eso, no existirían las entrevistas de trabajo, las reuniones de inversores ni, por supuesto, la oratoria. Bastaría con mandar nuestro currículum para que nos aceptaran (o no) en un trabajo, o para que invirtieran (o no) en nuestro proyecto; y eso no es así, ¿verdad?

Por supuesto que nuestro currículum tiene mucho que decir. Siguiendo con los ejemplos anteriores, es la primera criba. Pero una vez pasada, la gente que vaya a contratarnos o a apostar por nosotros querrá vernos. Energía, mirada, convicción, entusiasmo, seguridad, confianza… Hay un montón de datos que recabamos de una persona cuando la vemos, cuando interactuamos. Igualito que cuando vemos a un orador. Por eso, aparte de la credibilidad curricular, a mí me gusta hablar de la:

 CREDIBILIDAD DE EJECUCIÓN

O la credibilidad que se desprende de la forma como ejecutamos el discurso.

Puede haber muchas razones por las que una presentación no funcione. Hemos visto algunas de ellas (exposición al público, nervios, uso poco adecuado de nuestra herramienta…) y veremos más. Y todas ellas afectan a nuestra credibilidad de ejecución. No obstante, hay una que no puede fallar. La fundamental. La pieza básica de cualquier acto de comunicación: las ganas de comunicar. O, dicho de otro modo, nuestra implicación.

Imagínate un Hamlet al que no le importara demasiado si han asesinado o no a su padre. O una Lady Macbeth a la que le diera igual que su marido llegase a ser rey de Escocia. Sabes por dónde voy, ¿verdad? Por mucho que hayan practicado, o que dominen sus nervios, por bien que usen sus herramientas expresivas, por bueno que sea el montaje, o los efectos especiales, esos actores no nos van a emocionar. Y no nos vamos a creer ni sus personajes, ni el resto de la historia.

La credibilidad de un actor proviene de su implicación, de su identificación con los deseos de su personaje. De ahí el interés que despierta en nosotros. Y de ahí su credibilidad.

¿CÓMO IMPLICARSE EN UNA PRESENTACIÓN?

Como ponentes no tenemos que identificarnos con los deseos de ningún otro, ya que no representamos a ningún personaje. Pero tampoco debemos descuidar nuestro deseo básico, esa motivación primordial para salir al escenario: comunicarnos. Sales delante de la gente para trasladarles un mensaje; y las ganas de transmitirlo, las ganas de compartirlo han de estar presentes mientras estés en escena.

“EL PRINCIPAL ELEMENTO DE UN BUEN DISCURSO ES EL SENTIDO DE LA COMUNICACIÓN.” Dale Carnegie.

Esas ganas, esa implicación a la hora de comunicar, es la que hace que un orador poco diestro, pero motivado, gane por goleada a un orador experto, poco motivado. Y es lo que nunca debemos perder de vista durante la ejecución de un discurso. Te invito a ver cómo el deseo de comunicar y la implicación de esta vecina del barrio de Gamonal pasan por encima de cualquier obstáculo.

Cuando vemos a alguien en un escenario, tendemos a identificarnos con su estado de ánimo. Por eso nos emociona el teatro, y por eso nos entusiasma un orador. Una presentación es una ocasión inmejorable para trasladar lo que te apasiona a tu audiencia, y para conseguir que ellos se apasionen contigo. Y te aseguro que todos van a comulgar con la energía, mirada, convicción, entusiasmo, seguridad y confianza con que ejecutes tu discurso.

Veremos con más detenimiento cómo implicarnos en nuestras charlas, dónde buscar esos intangibles que marcan la diferencia. Si algo puedo enseñarte es precisamente eso: cómo mostrarse creíble en un escenario. El gran objetivo de un actor, y también el de un ponente.

“A más ver…”

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